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domingo, 15 de febrero de 2009

Compre peruano (¿dónde?)




Yo también quiero comprar peruano. El problema es que me rompo la cabeza y sólo encuentro a Sapolio como ejemplo.

Es interesante que el doctor García recuerde que hay industria nacional y mercado interno justo en el momento en que la crisis internacional puede resentir las exportaciones y alterar la tasa de ganancia de los barones de Adex. En esa lógica, vamos a tener que atragantarnos de espárragos.

Es como si el Presidente dijera: "peruanos, ayuden a sus empresarios que ya no pueden colocar todas sus mercancías en el exterior; acabo de reparar en el hecho de que el Perú existe todavía y de que no era cierto que se lo había llevado un viento global".

¿Vamos a Ripley a comprar peruano? ¿No es chino todo allí? ¿Y no es chino en Saga? ¿Chino y reetiquetado?
¿Ayudará a la causa comprar una lata de atún Florida, ese que alguna vez fue peruano?
¿En la chilena Sodimac habrá cosas peruanas? ¿O en la americana Home Center?
Y si me enfermo mucho, ¿a qué farmacia voy a consumir productos peruanos? ¿A la chilena Fasa? ¿A la chilena Inkafarma?
¿O quizá en la chilena Wong encuentre lo que espero?
¿Si viajamos por la empresa LAN, colaboramos? ¿O será mejor en la costarricense TACA?
Y si hablo mucho por teléfono, ¿hago patria? ¿Con Telefónica, con Claro, con Néxtel, o sea Cortés y Moctezuma en brutal combate?
Y si recorro más la ciudad, ¿dónde me abastezco de gasolina para complacer al señor presidente de la República? ¿En la española Repsol o en la mitad chilena Prímax? ¿Dónde, en qué kilómetro de qué carretera queda el centro de servicios Petroperú más cercano?
Y si tomo más cerveza, ¿a quiénes prefiero? ¿A los anglosudafricanos de Cristal, Pilsen y Cusqueña? ¿O me pongo regional y elijo a los belgabrasileños de Ambev? ¿O me pongo viajerazo y me tomo una Corona mexicana fabricada en Chile? ¿O ultramarino y me tomo una italiana Peroni fabricada en Lima por los anglosudafricanos dueños de la Backus?
¿Comeré muchos helados Donofrio hechos por la suiza Nestlé? ¿O me bañaré más de la cuenta con jabón Lux o jabón Rexona del grupo angloholandés Unilever?
¿O me hincharé de Inca Kola, firma cuyo 60 por ciento de acciones fue comprado, en 1999, por The Coca Cola Company, que pagó 300 millones de dólares por la operación?

¿Los zapatos más baratos no están en Payless? ¿O en la checa Bata?

¿O me mudo a Arequipa para encender la luz y favorecer a la colombiana REP, que acaba de potenciar la línea Mantaro-Socabaya?

¿O le pido un autógrafo al lobista estadounidense PPK? ¿O envío un S.O.S. a la Apec?

¿Cómo colaboro con usted, doctor García?

¿Me voy a Collique a ver cómo han extraído los chilenos y su amigo Pepe Graña el busto de Quiñones mientras mastico un chocolate Costa?

Doctor García: usted es redundante. Eso de "compre peruano" ya se lo había dicho usted antes a sus amigos chilenos. Ahora es un poco tarde como mensaje "de bandera", señor Presidente. Porque para dar mensajes de bandera hay que creer en la propia.


Al Maestro con Cariño



Estoy corrigiendo los exámenes finales de mis alumnos y me topo con el examen de la alumna más atractiva del salón. Se trata de G. Una chica muy guapa que jamás pasa desapercibida en los pasillos de la Universidad. Siempre anda por ahí, con su sonrisa de propaganda, con esa vincha que le recoge el pelo dándole un gracioso aire adolescente que le hace perfecto contrapunto a su voluptuosa anatomía. Los pasillos, por lo general oscuros y manchados, se convierten en resplandecientes pasarelas cuando ella los atraviesa. No sé para qué diablos estudia Periodismo si le iría de maravillas siendo modelo. Yo cada vez que la veo me pongo muy mal: me sudan las manos, tartamudeo, se me traspapelan las separatas. Lo peor es cuando se me caen los libros, los plumones, y ella se agacha para ayudarme a recogerlos, mostrándome sin querer el escote asesino de sus polos de licra, un escote que atrae a mis ojos como a un suicida el vacío.

Debe ser por eso que ahora, mientras releo la prueba de G, no puedo ser muy objetivo que digamos. Sus respuestas son un desastre pero, justo cuando estoy a punto de ponerle una equis y redondear un cero, su rostro de actriz aparece en el cielo de mi habitación y desde allí, cómplice, me sonríe. Entonces me olvido de la ética, tiro al tacho la decencia, y mi alma inescrupulosa sale a relucir para calificarla con un mentiroso puntaje a favor. Merecería que la jale con concha, porque es medio bruta la pobre, pero no podría hacerle ese daño. Al menos yo no.

La única ventaja de reprobarla sería que la volvería a ver con seguridad el próximo ciclo, pero, si lo hago, ella me cogería un odio feroz y dejaría de saludarme con ese cariño que algunas mañanas parece algo más que solo cariño.
Me odiaría si la jalo. Más de una vez la he oído referirse de muy mala manera a profesores que cometieron el ‘delito’ de hacerla repetir algún curso, y, la verdad, nunca quisiera que mi nombre en sus labios esté precedido de tan horribles epítetos.

Es por eso que le pongo 15 cuando en realidad le he debido poner 10. Es por eso que me alzo de hombros y digo ya qué chucha, total, peores crímenes ha cometido la humanidad. Es por eso que me hago el de la vista gorda con esta flaca que está más rica que el pan francés recién salido del horno.

Lo sé: soy un asco. Si el resto de alumnos se enterara de estas preferencias, basadas todas ellas en mis puros delirios de soltero ansioso, promoverían con justicia mi expulsión y más temprano que tarde la rectora me pondría de patitas en la calle.

Sobre todo el pesado ese de Ignacio Mavila, un tipo muy burgués, muy gruñón y del tamaño de un ropero, que siempre está contradiciéndome en clase, haciendo gala de su efectista erudición de Wikipedia y dejándome como un mamerto desinformado frente al resto del salón. Ese patán sería, sin duda, el primero en acusarme. Yo, por si las moscas, para no levantar sospechas, jamás le devuelvo delante de los alumnos los puñales que tan arteramente me lanza pretendiendo dejarme en ridículo. Jamás. Que se haga el sabihondo, que presuma, que crea que con sus intervenciones culturosas me hace ver como un tonto. No importa. Mi venganza contra él ocurre en los exámenes, cuando hago papilla sus párrafos tan meticulosamente redactados. Es una venganza algo cabrona, sí, pero tremendamente efectiva.

Como ahora, por ejemplo, que estoy revisando su examen, lleno de respuestas muy prolijas y bien argumentadas, pero igual lo castigo con un puntaje mezquino. Ya puedo ver la cara de Ignacio cuando recoja la nota y se encuentre con un 12 ahí donde esperaba ver un 17. Me repaso la lengua por los labios con solo imaginar su expresión desconcertada. Y que ni se atreva a pedirme una rectificación oficial, porque ahí sí que descargo contra él toda mi ira académica.



Como no soy ningún tonto, me doy perfecta cuenta de que tanto Ignacio como algunos otros pastrulos hace rato han reparado en cómo babeo cuando G me interrumpe en medio de una clase para soltar una de sus tan simpáticas acotaciones. En realidad, nunca dice un carajo, pero para mí sus opiniones llevan tanta nobleza y sinceridad encima que las escucho con paciencia y las hago valer por un 20.
Los alumnos más anodinos y quejosos me miran con natural desprecio cuando ven cómo a G le concedo largos minutos para que se despache con sus apuntes cargados del más candoroso sentimentalismo, mientras que a ellos les corto abruptamente sus observaciones acuciosas.

Pero es que no me comprenden. Ya quisiera verlos a ellos de profesores, lidiando con ese lomazo fino, amagando a ese ejemplar de pura sangre, tratando de ganar concentración delante de ese par de piernas que se cruzan y se descruzan sin la menor consideración por el prójimo alicaído.

En el fondo, si me pongo una mano en el pecho, no me debería sentir tan mal. Todos los profesores hombres de la Universidad buscan lo mismo que yo. Corrección: casi todos. No incluyo aquí ni a los gays (que se fijan en los alumnos), ni a esos maestros de vocación genuina, que llevan dentro de sí el fuego vivo de la docencia magisterial, y que lo mismo podrían estar enseñando en esta universidad privada y renombrada que en una escuelita de adobe levantada en la última puna de Huancavelica. Lo harían con el mismo entusiasmo, el mismo tesón, la misma entrega. Yo no podría. Ni hablar. Si no imparto clases en una Universidad o Instituto que me garantice la interacción con mujeres, preferiría no tener que hacerlo. Que llamen a otro.

Fuera de esos especímenes, decía, todos los profesores varones abrazan el silencioso sueño de vivir una aventura con alguna alumna potable. Si no por qué creen que luego del primer día de clases los profesorcitos, sobre todo los más jóvenes, cada vez que se encuentran se preguntan entre sí: ¿oye, y qué tal tu salón ah? Y lo hacen enarcando las cejas, como para que quede bien claro que lo que les interesa saber no es precisamente el nivel de discusión y el espíritu participativo de los nuevos estudiantes, sino en qué tantos kilates está valorizada la flamante población femenina del salón luego del vistazo inicial. Eso es todo.

Ahora comprendo al Chato Herrera, mi profesor de Historia del Perú de quinto de media del Carmelitas, que arrastraba fama de enfermo, mañoso y carretón. Decían que el Chato vivía más preocupado en recorrer con los ojos las yucas de las chicas de la primera fila antes que en hacernos entender por qué coño perdimos la Guerra del Pacífico. Ahora te entiendo, Chatito, y discúlpame si alguna vez me sumé al grupo de chiquillos calzonudos que escribía en las paredes del baño: “Herrera es un arrecho”.



Además de las alumnas guapas que te dejan al borde del soponcio, las alumnas en general tienen un alto poder seductor. No es que uno quiera (solamente) abalanzarse sobre ellas por su juventud, lozanía y firmeza muscular. No, no, no. Yo diría que su encanto también descansa en su facilidad para inspirarte protección intelectual. Ante ellas eres hombre y eres guía. Conduces su pensamiento, interfieres en sus ideas, alteras su manera de ver el mundo. Las adoctrinas. Posees un saber que, cual si fuese un manjar exótico, despierta en ellas un apetito desbordado.

Y, sin embargo, por muy apetitosas que estén y por mucha ternura y lujuria que te susciten, no puedes acercarte a ellas con normalidad. Incluso fuera de los claustros, en un bar o una fiesta –cuando aparentemente están en condiciones similares, despojados de títulos y cargos– tu mirada se tiende nerviosamente sobre ellas, en nombre de la compostura. Ellas lo saben, saben que tienen la facultad de derretirte y mantenerte a raya. A algunas les gusta ese juego. Si no me creen, cómo explican esto que una vez oí cerca de un baño de mujeres en una Universidad:

–No puedo, huevona, me lo quiero chapar
–¿Estás loca?, ¡es profesor!
–Por eso, es demasiado morbo, ningún morbo puede competir contra ese

(…)

Con las alumnas de las universidades donde he enseñado siempre he tenido, felizmente, una relación horizontal (aunque en algunos casos no fue todo lo horizontal que me hubiera gustado). Sospecho que la empatía se produce porque me reconocen como uno más de su generación. Es decir que debajo del maniquí que suelo presentar en clases (camisita, barbita, maletincito, saquito) ellas pueden ver, con sus rayos (triple) equis, al inmaduro manganzón que en el fondo soy. Desenmascaran al personaje impostor y, si les caigo bien, me acogen con afecto.

Recuerdo que una de las primeras veces que dicté fue un sábado por la mañana. Era la clase de apertura del ciclo y no podía llegar tarde. El problema fue que la noche anterior había sido la despedida de soltero de uno de mis mejores amigos, cuya organización había recaído en mis manos desde semanas atrás. Nos pegamos una gran borrachera y acabamos la juerga en una discoteca, donde al ingresar nos sellaron las muñecas como si fuéramos vacas (sagradas) rumbo al matadero.

Aún no sé cómo conseguí levantarme a la mañana siguiente, pero recuerdo que —tras un duchazo ejecutivo— llegué a clases a tiempo. En el camino me peiné y me zampé tres cafés de máquina para contrarrestar los síntomas de la resaca. Según yo, supe disimular con creces los excesos de la noche previa, logrando así ganarme el inmediato respeto de los estudiantes.

Qué equivocado estaba. Al final del ciclo, en una de esas chupetas de confraternidad que siempre se organizan para afianzar las relaciones académicas, una alumna —vaso en mano, mirada torva— me reveló la dolorosa verdad que se me había escamoteado a lo largo de tantos meses:

—Renato, tengo que decirte algo en nombre de todos

—¿Qué cosa?, pregunté yo sonriendo, pensando que la chica se disponía a disparar los más encumbrados elogios por mi excelente performance y mi despliegue de técnicas al momento de impartir el curso.

—Franco, franco, a ti te perdimos el respeto desde la primera clase

Me quedé en una pieza.

—¿Quéeee? ¿Cómo así? ¿Por qué?, repliqué, azorado por tan horrible confesión

—Porque esa mañana de sábado llegaste al salón todo bacán, con tu camisa de manga larga y tu cara de serio, pero te fuiste cayendo a pedacitos. De arranque vimos que traías los ojos recontra rojos y chinos, y todos pensamos “es un juerguero”. Después, nos saludaste muy pomposamente y te olimos el turrón a vino barato. “Juerguero y borracho”, concluimos. Y, para remate, te acercaste a escribir algo en la pizarra, la manga de la camisa se te descorrió y todos pudimos ver el sello de discoteca que te habían puesto la noche anterior, y que no te habías molestado en lavar. Ahí ya fue demasiado. Inmediatamente dijimos: “Juerguero, borracho y, encima, cochino”.

Los ciclos siguientes, después de aquella terrorífica experiencia, decidí mantener un perfil más serio, fracasando ruidosamente en ese intento.

Creo que los alumnos (y quizá más las alumnas) nunca me han podido ver como un profesor hecho y derecho, sino más bien como un patita medio jovial que, circunstancialmente, hace las veces de profesor. Me he esforzado por revertir esa imagen de títere avejentado, pero no lo he conseguido.
Y supongo que el hecho de administrar este blog tan abiertamente indiscreto, en lugar de producir en ellos un cierto afecto periodístico, les confirma lo que ya venían sospechando: que soy un tontorrón.



Aún así, a pesar de mi fama de monsefú, algunas universitarias han saltado con decisión la valla que las separaba de mí, dispuestas a mimarme un rato. Pienso, por ejemplo, en esa señorita muy maquillada que una mañana, un tanto descompuesta, me pidió que la ayudara a pasar el curso a como diera lugar. Me negué sin convicción, dispuesto quizá a oír sus propuestas. La subestimé por completo. Nunca creí que sería capaz de ponerme una mano en la rodilla antes de enfatizarme que ella podría encontrar la manera de retribuirme el favor.

“Usted dígame qué hacer y yo lo hago, profe, en serio, lo que sea”. Creo que nunca transpiré tanto como ese día. Al final la jalé y zanjé el drama. Sin embargo hoy, durante algunas noches solitarias, recuerdo el maquillaje escarchado de esa señorita de pechos importantes, y me recrimino a mí mismo por no haber accedido, un ratito aunque sea, a sus oscuros ofrecimientos.

Otra alumna que me puso al borde de la neurosis en mis primeros años como profesor fue la sensual DM. Un día, después de negarme en repetidas ocasiones, le di mi correo electrónico para que me enviara un trabajo que no había podido presentar en clase. Insistió tanto que acabé cediendo. Para qué lo hice. La niña no solo me escribió al correo, sino que me agregó al Messenger y más de una vez me arrastró a las conversaciones más cachondas que se puedan imaginar, provocándome ataques de pánico sexual. Después de la última charla que recuerdo –en donde ella me hablaba con lujo de detalles de lo mucho que disfrutaba el sexo tántrico y los masajes eróticos– quedé curado. Ni más doy mi correo.

A la que recuerdo con más afecto es a IF, con quien tenía una muy buena química dentro y fuera de la clase. Una noche, ya bien cerca del final de curso, salimos a pasear y acabamos dándonos un beso largo en mi auto. Le di el beso con algo de remordimiento, puesto que en ese momento yo ya sabía cuáles eran los promedios de los alumnos y el de ella era completamente desaprobatorio. No me atreví a decírselo ahí. No sé si no tuve los cojones para hacerlo o simplemente me negué a malograr el pródigo intercambio de caricias y saliva. No le dije nada y preferí que se enterara días después, por la computadora, como los demás.

Después de besarnos en medio de una playa de estacionamiento, ella me preguntó:

—¿Me jalas?

—Sí, le contesté, en lo que significó un juego de palabras de lo más irónico. Esa noche la jalé en mi carro. Dos días después se daría cuenta de que también la había jalado en mi curso.

Pero ya basta de flashbacks. He corregido todos los exámenes de mis alumnos y me he quedado pensando en G. Espero encontrármela en la playa este verano. Quizá se ponga contenta de verme y, con el recuerdo fresco de la increíble buena nota que le acabo de colocar, por ahí hasta acepta que le invite un trago. Podríamos bailar, podríamos darnos unos besos furtivos en los matorrales y, con suerte, podría darle una clase intensiva de mis temas favoritos: “nuevas inflexiones lingüísticas”, “el idioma del cuerpo” o “penetración hipertextual”. Ustedes entienden.

Qué lindo que es ser profesor, caracho. Ya quiero que empiece el nuevo ciclo.

Cuando los Hermanos se encuentran




Cuando Valeria terminó conmigo me dijo que quería estar sola. Yo entonces era bastante bobo y le creí. Tenía 21 años y no sabía lo que ahora ya sé: que ninguna mujer quiere estar sola, y que cuando alguna te da ese pretexto lo que en realidad quiere decirte es que no quiere estar contigo. Así de claro. Usan la soledad como excusa, pero todas (o casi todas) tienen sueños acerca de tener una familia, y eso solo se consigue con por lo menos un hombre al costado.

Creí que Valeria necesitaba, como ella argüía, pasar más tiempo con sus amigos de la Universidad Agraria, unos personajillos un tanto sucios e indeseables que estudiaban entre la maleza y que podían pasarse días sin peinarse las greñas ni cambiarse la ropa interior. Decidí darle su espacio, actuar con madurez, apostar por la apertura mental y la confianza, amparado ciegamente en un estúpido dicho popular que decía algo así como “déjala ir: si fue tuya, regresará; si no regresa, es porque nunca lo fue”.

Aunque Valeria tuviera algunas dudas y vacilaciones sentimentales propias de sus 18 años, yo sabía que éramos el uno para el otro. Sabía que era mía, que regresaría conmigo más temprano que tarde.

Mis amigos me recomendaban que tuviera cuidado, que a lo mejor había algún pretendiente rondándola con serrucho en mano. Esas alertas, por supuesto, me entraban por un oído y salían por el otro. Mi problema con Valeria solo era de comunicación. Estaba clarísimo. Así que no había terceros personajes por los cuales angustiarse.

Además, en su entorno estudiantil –pensaba– difícilmente aparecería un sujetillo que me hiciese la competencia. No es que me computara guapo ni mucho menos, pero no creía que Valeria pudiera prescindir de mí para iniciar un romance con un tipo que llevara el pelo duro, chancletas y un intrínseco olor a sobaco.

Estaba convencido de que dándole algunas semanas de “aire” ella automáticamente me buscaría. Era un asunto de sentido común, de lógica elemental: debía soltarla, dejar que respire, que corra libre por los sinuosos prados de la soltería, que mire a otro, que me extrañe, y luego esperar a que vuelva solita, tierna, culposa.

Confiaba en que sería cosa de dos semanas. Tres, a lo mucho.

Lastimosamente, pasaron las tres semanas y nada. Ni una sola llamada de su parte que me hiciera saber cómo estaba, en qué andaba, cómo se sentía con esta absurda separación que no tenía ni pies ni cabeza. Yo, en cambio, tenía que morderme las manos, atarlas, golpearlas, maniatarlas para que no cobraran vida y se deslizaran, desobedientes, hasta donde estaba el teléfono. Recuerdo que esos fueron días muy largos, que no terminaban nunca.

Una noche, de puro nostálgico (aunque también de puro necio y vehemente), me aparecí en su casa. Pensaba que quizás ella necesitaba una señal, un gesto, algo que la hiciera reaccionar de su hipnosis para que tomásemos de nuevo el interrumpido hilo de nuestro amorío, un amorío que, con sus altas y bajas, nos hacía felices (o al menos eso quería creer).

Toqué el timbre y a los pocos segundos la música de su voz se escuchó a través del intercomunicador

–Hola, ¿sí?
–Vale, hola, soy yo, Renato
–¿Renato? Ah, hola, qué haces aquí

(Digamos que su saludo no fue todo lo caluroso que yo esperaba, pero atribuí su sequedad a la sorpresa que significaba tenerme ahí, aparecido en su puerta de improviso. Sin duda, la había cogido fría)

–Nada, pasaba por aquí y pensé que sería buena idea visitarte, conversar, no sé, nada en especial.
–Sí, bueno, me gustaría, pero… es que tengo visita
–Pero es solo un ratito. En verdad, me gustaría verte
–Es que no sé si te vayas a sentir muy cómodo, Renato…
–Contigo siempre me siento cómodo, Vale
–Bueno, ya pues, si quieres pasa…

Cuando ella dijo que tenía “visita” inmediatamente pensé que se refería a sus amigos de la universidad, esos ebrios cochinones con los que quería pasar más tiempo y que habían sido –indirectamente– los causantes de nuestra abrupta separación (que para mí era apenas un ‘break’). Los imaginé a todos tirados en la sala, mugrosos, tomando cerveza barata y comiendo grotescos puñados de canchita o, peor, llenándose la boca con boliquesos y trigo atómico.

Subí las escaleras del edificio alisándome el pelo, soplando para revisar mi aliento, olfateando discretamente mis axilas. Sus amigos olían mal, pero yo no estaba dispuesto a confundirme con su hediondez. Tenía que entrar y dejar en claro que, pese a mi condición de recio practicante de periodismo, era un pequeño y perfumado príncipe al lado de esos marranos.

La puerta del departamento se abrió mecánicamente y entré en cámara lenta. Después de casi un mes de no ver a Valeria, me sentí nuevamente como en casa. Reconocí el aire familiar del hall principal; el fétido olor del perro chusco confundiéndose con el de las frituras de la cocina; las vocecillas susurrantes de los papás y los hermanos entre los cuartos y el baño. “Ah, nada como regresar al hogar”, pensé en silencio, mientras recorría con la mirada los cuadros, las ventanas, los adornos que tantas veces había visto. Di algunos pasos más y ya me alistaba para hacer mi ingreso triunfal a la sala, en donde seguramente estarían Valeria con sus amigotes.

Me percaté de que de la sala no provenía ningún ruido de grupo. Qué raro, pensé. Supuse que estarían callados, jugando cartas o algo así.

Estaba entrando, dispuesto a saludar a tutilimundi con mi mejor sonrisa, pero ahí nomás tuve que parar en seco. Lo que vi hizo que me quedara en una pieza. Estático. Parecía un muñeco mecánico al que se le acababan de agotar las pilas. Un robot repentinamente desenchufado. Un conejito Duracell sin baterías.

El cuadro con el que me topé no tenía nada que ver con el gentío cerril que yo imaginaba. Ahí no había ninguna manchita de sudorosos muchachitos de la Agraria, ni cejijuntas compañeritas de clase. Lo único que había en esa sala (extrañamente iluminada a media luz) era un personaje cuya presencia me costó unos segundos descifrar.

Se trataba de un chico mayor, de unos 29 años, afeitado, con lentes, que tenía todo el aspecto de un yuppie millonario recién salido de la oficina: la corbata italiana desajustada, la camisa que, remangada, dejaba ver un reloj pulsera muy fino; la cara chaposa, los ojos verdes, el pelo rubio.
A su lado, con mi vieja mochila de universitario, con mi barbita hirsuta a medio crecer, con mi chaleco de reporterito de Deportes, yo era un pelafustán, un pelagatos, un muerto de hambre.

Saludé fríamente al sujeto de marras y, más por nervios que porque alguien me lo hubiera ofrecido, procedí a tomar asiento. Valeria, acomodada al lado del yuppie, me miraba con cierta mezcla de cariño y compasión, como diciéndome “te advertí que no te ibas a sentir cómodo”.

Fue horrible. A pesar de que ella y yo estábamos sentados a menos de medio metro, yo sentía que estábamos a kilómetros, a océanos, a desiertos de distancia. Sentía que entre los dos había, no una fina película de hielo, sino todo un iceberg. Me dolía pensar que hacía un mes nomás todavía era mi novia: la chica pecosa a la que le había dedicado mis más inspirados poemas durante los últimos dos años y medio; ahora, sin embargo, era una mujer ajena, casi desconocida, flanqueada por un pretendiente –adulto, solvente, manolarga–, y por mí, su ex, un niño pobretón y posesivo que era incapaz de darle el aire que ella reclamaba.

Por alguna razón me resultaba imposible mirar al tipejo: tenía las pupilas suplicantes clavadas en los ojos de Valeria. Me dediqué a hablar con ella de boberías y antes de que pasaran veinte minutos ya me estaba poniendo de pie para retirarme. Me despedí diplomáticamente y desaparecí, turulato y sigiloso.

Cuando pisé la calle comprendí que había sido una incursión fatal. Me sentí como un comando que había fallado estrepitosamente en su misión suicida. Me sentí como un Rambo que no rescata a nadie, y que retorna del bosque a su base espantado, lloroso.
Si creí que al visitarla le removería los conchos y avivaría el flojo fuego de un sentimiento que –según yo– aún no se extinguía, pues lo único que conseguí fue hacer una ridícula pantomima.

(…)

Varios, pero varios meses más tarde me enteraría de que aquel yuppie se llamaba JC, y que había resultado ser un tipo confiable, caballeroso y atento. Valeria salió con él durante algunos meses antes de casarse con el chico que hoy es su esposo (creo que huelga precisar que nunca más regresó conmigo).

El hecho puntual es que en los últimos tres o cuatro años, en distintas oportunidades (reuniones, bares, discotecas, juergas), me he cruzado repetidas veces con JC. En realidad, eso no tiene nada de raro. Los dos andamos en los treintas (él ya pisando los 40), los dos seguimos solteros, y los dos tenemos algunos conocidos en común. Es casi natural que concurramos a los mismos lugares; Lima –que es un pañuelo– permite esas coincidencias.

Las primeras veces que me lo cruzaba ni lo miraba. Me hacía el que no lo veía. Me bastaba con recordar cuánto llegué a odiarlo aquella noche en que lo pesqué en la sala de Valeria para renovar mi odio y murmurar desde lejos los peores insultos contra él. “No le hagas caso, huevón”, me decían mis patas, y yo tenía que meterme un seco de cerveza para aplacar mis ganas de ir y aplicarle sendos y furiosos puntapiés en las canillas.

En esas primeras ocasiones, además, Valeria aún era un recuerdo fresco y doloroso para mí, y cualquier cosa que activara mi melancolía por ella merecía mi desprecio fugaz. Y sin dudas JC lo activaba vívidamente. El solo hecho de verlo me producía un escozor en la memoria, una picazón en el orgullo, un sarpullido en el corazón.

Pasó mucho, mucho tiempo y una noche, no recuerdo dónde, nos volvimos a cruzar. Esta vez no pude amagarlo. Nos presentaron formalmente y, al cabo de unos minutos de cháchara, fue inevitable no referirnos a Valeria. Para ese entonces, ella ya estaba casada, ya los dos habíamos asimilado la noticia de su matrimonio, y por eso no fue extraño que incluso choquemos un par de veces nuestras botellitas en nombre de ella. Lo peor de todo es que esa noche JC me cayó bien.

Curiosamente, en cada nuevo encuentro casual, confirmaba que JC era, efectivamente, un muy buen tipo. Conversábamos, nos reíamos, exponíamos teorías respecto de las relaciones sentimentales, y nos enfrascábamos en fragorosas polémicas tratando de defender nuestros puntos de vista. Pero lo que más me sacaba de cuadro era oírlo hablar de Valeria. Escucharlo me producía unos celos tiernos, porque me daba cuenta de cuán enamorado estuvo de ella (quizá hasta más enamorado que yo, aunque eso, claro, es muy difícil de determinar). Es gracioso porque hasta hoy, cuando recordamos a Valeria, cada uno trata silenciosamente de probar cuánto la quiso, y todo resulta muy absurdo, si consideramos que ella ya está casada, que es mamá y que tiene más de un pie puesto en esa supuesta felicidad que tanto persiguen las mujeres.

Ahora me hace gracia pensar en lo muy patas que JC y yo nos hemos vuelto. Él lee este blog con frecuencia y se ha declarado hincha acérrimo del Club del Paréntesis, ese extraño y numeroso clan de solteros empedernidos, que le huyen al compromiso, pero que al mismo tiempo no pierden la esperanza de encontrar al amor de sus vidas.

El fin de semana pasado me lo volví a encontrar en el boulevard de Asia. Lo saludé, me invitó a acomodarme entre su grupo de amigos, y me invitó un whisky costoso. Y ahí estábamos los dos una vez más, encauzándonos en las mismas divertidas conversaciones, hablando de chicas, de por qué estábamos solos, mencionando a Valeria de tanto en tanto, brindando porque así es la vida, hermano, y hay que disfrutarla con lo que te trae y con lo que te quita. Salud, viejo, salud JC, por ellas, para variar.

Ya de madrugada nos volvimos a cruzar en una discoteca y, justo cuando el sol se desperezaba, nos tomaron esta foto que quedará inmortalizada. Aquí estamos los dos: macerados, contentos, fastidiándonos.


(…)

Es muy raro todo esto. Es raro que dos hombres cristalicen una amistad, cuyo punto de origen fue una persona que en el pasado los enfrentó. Éramos enemigos y ahora somos ‘aliados’. Es como si en el fondo Valeria se hubiera cruzado en nuestras vidas (la mía, la de JC) para que nosotros podamos ser amigos.
Tal vez el día de mañana, si él me salva la vida, o yo se la salvo a él, todo adquiera un sentido más dinástico, pero por ahora esta simpatía y sincera cordialidad entre ambos me parece anecdótica y extraña. Valeria –nuestra chica en común– ahora es un fantasma que se sienta invisiblemente a nuestro costado cada vez que nos encontramos y nos ponemos a conversar. Ella está allí, bajo la forma de una lámpara, una silla, una mesa, o lo que sea. Su presencia se siente, se huele, se percibe.

(…)

El machismo más recalcitrante (que es el más divertido) tiene una denominación muy vulgar para aquellos chicos que, en distintas épocas, han tenido una relación (larga o episódica) con la misma mujer, y que necesariamente incluya alguna experiencia sexual. “Hermanos de Leche”, les dicen. Pero esa es apenas una definición epidérmica, burlona, ordinaria.

Si uno analiza el asunto, encuentra un escenario más complejo y chocante: dos chicos que cruzan apretones y abrazos, empleando dedos y extremidades que antaño recorrieron una misma piel; que hablan con bocas que años atrás besaron furiosamente un mismo par de labios; que se miran amistosamente con ojos que alguna vez titilaron ante la misma mirada irresistible; y que se sinceran con el corazón en la mano, ese corazón que en el pasado latió –y se hizo trizas– ante la misma mujer (o mejor dicho, ante una mujer que tiene el mismo nombre y apellido, pero que no es la misma. Porque cuando uno la quiso, ella era una; y cuando el otro la adoró; ya era otra).

(…)

Al escribir este post sobre JC en realidad estoy escribiendo parte de la historia de toda esa enorme hermandad de chicos y chicas, cuyos gustos y sentimientos coincidieron en algún momento de sus vidas al enfocarse sobre una misma persona.

No sé si les pasó a ustedes, pero los que han vivido una experiencia parecida coincidirán conmigo en esta certeza: mantener la amistad de un hombre que quiso y amó a la misma mujer que tú es solo una manera inconsciente, disimulada, distraída, de seguir queriéndola y amándola. La amistad con él, en el fondo, es el último vestigio que te queda del amor que esa chica alguna vez despertó en ti.